jueves, 20 de febrero de 2014

Un vilano al viento



Soplo un vilano de DIENTE DE LEÓN y veo a las semillitas diseminarse plácidamente en vientos ascendentes que quién sabe adónde las conducirán a desarrollar su amarilla y efímera sexualidad, y pienso que la pluma de la naturaleza descansa en su carácter trascendental e inmanente, y luego me pregunto si no es cuestión de codificar esa frecuencia, o al menos intentarlo, para asegurar un trazo mínimamente topográfico en términos de percepción, extender 


as long as I can

los lúbricos fermentos perceptuales en una franca apuesta a instancias superiores de conciencia, contra la banca del inmenso mar e mágnum alucinatorio que rodea el misterio y reduce estos tímidos balbuceos a su entidad real, ésto es, la idea, la esencia del abstracto tejiendo afanosamente su viejo cordel de brisa en medio de la omnipresente tempestad, entre silencios disfrazados por su propia mueca insignificante y dramática si no fuese por exigua incluso respecto de lo nimio, que hace guiños desde el fondo de mi vaso. En todo caso, sepan disculpar, siempre que tomo de más me inmiscuyo en este tipo de lucubraciones y luego no sé hacia dónde salir. Porque... ¿qué hay más a mano que las ineluctables magnitudes de lo eterno? 


Extracto del libro Diente de León. Gabriel Cebrián - Nestor Dickinson. Editorial Stalker, 2001. 

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