Hace días que pensaba como iniciar esta breve
presentación y voy a recurrir a la palabra más trillada de la historia: Hola.
Mi nombre durante muchos años fue Gabriel
Simioli, pero de un tiempo a esta parte preferí utilizar otro de los apellidos
familares, Cebrián, para firmar cuanta cosa-producción de mi autoría fue
surgiendo. Un nombre artístico o de incógnito, que le dicen. Recapitulando,
Hola. SOY Gabriel Simioli Cebrián.
Para muchos habré sido un hombre común, de esos
que deambulan por las diagonales platenses -algo taciturno- y que no abría la
boca si no se sentía a gusto con el entorno en donde se encontraba. Patee la
ciudad rumbo a mi trabajo de oficina, me casé, desayuné café cortado, viajé, transcurrí.
Seguramente aquellos eventuales interlocutores cotidianos de rutas habituales
no repararán en mi ausencia al cruzar el bosque todas las mañanas. Ni los
vendedores de puchos en los kioscos de camino.
Pero para muchos otros tantos fui bastante más
que eso. Y ellos sí me extrañan todos los días un poco más, cuando la brecha de
tiempo se vuelve infranqueable y las imágenes pierden sus contornos desde la
otra orilla.
Fui amigo, de esos entrañables que siempre
tienen la casa abierta para recibir gente a toda hora. Aprendí a escuchar y apuntalar,
mientras compartimos un vino con mi nuevo disco favorito de fondo. Tuve discos
favoritos cada semana. Fui bastante melómano, por cierto. Imposible no pensarme
con música de fondo. En fin, me procuré y compartí recreos felices, de esos completa
y absolutamente necesarios.
Tal vez alguna noche no haya podido atenderlos
como debiera, ustedes imaginarán como es eso que la inspiración te sorprenda un
viernes. Solo entonces me permití apagar teléfonos y orejas y me senté a
escribir por horas en una pc vieja y achacosa. Aún hoy sigue ahí, en el
escritorio de la salita de grabación, atiborrada de borradores y fotos de
viajes. En definitiva, disfruté mucho de mis momentos en soledad, cuaderno en
mano, vaso en la otra, pergeñado alguna letra de canción que todavía andará
escondida en algún cajón de mi última casa.
Creo que fui un tipo afortunado. Mucha gente
alrededor me quiso. Mucha. No creo haber verbalizado yo algún sentimiento de
este tipo alguna vez, pero supongo que con los gestos podría percibirse el
aprecio. Estar para el otro fue mi forma de decir lo mismo sin decir. Hosco,
puede que así haya sido, si.
Aunque no siempre la suerte/azar/karma o como
lo quieran llamar, estuvo de mi lado, luego de mucha elaboración aprendí a
sacarle el jugo a las cosas. Dudo que alguien me recuerde triste o abatido,
salvo contadas y obvias excepciones.
Tal vez por eso me enoje ahora, cuando veo las
flaquezas de Julia. Desde chica fue muy llorona. Uno siempre aspira a hacer las
cosas de la mejor manera y ahí sí que me esmeré. Mis hijas me recuerdan por
Asterix, Sherezade, Patoruzú, Elige tu propia aventura. Esas eran mis sorpresas
para navidades, días del niño, cumpleaños. Cuando la economía fue magra no me
preocupé: siempre pensé que los libros son EL mejor de los regalos y procuré
alguno para cada ocasión. Me gustó siempre cocinar aunque solamente cuando tenía
ganas de meterme en la cocina. Así que allí me acomodaba mientras Julia intentaba
leer de corrido algún cuento de Borges en voz alta, para acompañarme. Hasta hoy
nunca supe los nervios que le daban esos textos. Claro, era chica y quería que
la narración estuviera a la altura. A veces fui bastante exigente pero hoy las
dos me dan gracias por eso. Eso sí lo supe.
Tal vez por ello una de ellas se tome esta
terrible atribución, además. Claro, es ella quien habla por mí, a través de mí.
Yo jamás hubiera hablado de mis aptitudes ni en estos términos de mi persona. Nunca
diría de mí mismo que fui un tipo increíble. Pero algo bueno debo haber tenido,
sospecho, para generar tantas demostraciones de amor en este último tiempo. Es por
eso que Julia, Gabriela y Marcelita decidieron armar este espacio para
compartirme. Como mi trabajo fue en su mayoría artesanal y bastante reacio, por
cierto, a exponerme, mis libros no están por ningún lado ya. Y gente amiga y querida anda escribiendo, buscándolos por ahí. Así que acá están a disposición.
Cómo dejar que lo que fue parte de mí y mi vínculo con el mundo entero se
pierda en un .doc irrecuperable. Ellas no vas a permitir que eso suceda.
El tiempo ha sido breve. Puta, que injusto esto
de quedarse con tanto en el tintero!. Pero no se puede decir que no lo he
aprovechado. Han sido unos 55 años escurridos.
Gabrielito les quedó debiendo el abrazo, pero sepan
que a mi viejo las despedidas lo hacían pucherear y eso no le hubiera gustado.
Julia
Se dice por ahí que he muerto
Y tal vez sea verdad, no sé
Es sólo que aún siento mis piernas inclinarse en los caminos
Las pupilas encendidas
Los dolores en el cuerpo y en el alma
La necesidad de hablar
Las estéticas celestes a ciento ochenta grados
La liturgia de mi extraño credo pagano
Las suturas que tiran en cada elongación
Las ansias de estar ebrio
Los ecos de los cuentos que alguna vez he contado
Lo sobrecogedor del silencio
Las manos vacías, gracias al cielo vacías
Lo tenaz de las preguntas sin respuesta
Y aferradas a mi carne como anzuelos
Las utopías
Se dice por ahí que he muerto
Y tal vez sea verdad, no sé
La cosa es que como una suerte de crucificado
A quien han arrebatado su cruz
Me despojo incluso de los clavos
Y del dolor y del escarnio
Y observo en la distancia a mis ojos
Que tan lejos me llevaron alguna vez
Tan lejos que ya casi ni puedo soñarlos
La muerte es efímero alimento
La vida un suceder continuo de señuelos
Y lo de en medio un híbrido estupefaciente
Voraz, excéntrico, lúbrico y equidistante
Un tironeo loco entre ambas vorágines
Del que me he salido
Tal vez sea cierto entonces eso de que he muerto
Y también posible que no me haya percatado
Ya que todo cuanto me ha sido grato algún día
Viene hacia mí dulcemente
Y camina a mi lado con pisadas tenues
Como la tarde.
Mi PAPÁ.
Se dice por ahí que he muerto
Y tal vez sea verdad, no sé
Es sólo que aún siento mis piernas inclinarse en los caminos
Las pupilas encendidas
Los dolores en el cuerpo y en el alma
La necesidad de hablar
Las estéticas celestes a ciento ochenta grados
La liturgia de mi extraño credo pagano
Las suturas que tiran en cada elongación
Las ansias de estar ebrio
Los ecos de los cuentos que alguna vez he contado
Lo sobrecogedor del silencio
Las manos vacías, gracias al cielo vacías
Lo tenaz de las preguntas sin respuesta
Y aferradas a mi carne como anzuelos
Las utopías
Se dice por ahí que he muerto
Y tal vez sea verdad, no sé
La cosa es que como una suerte de crucificado
A quien han arrebatado su cruz
Me despojo incluso de los clavos
Y del dolor y del escarnio
Y observo en la distancia a mis ojos
Que tan lejos me llevaron alguna vez
Tan lejos que ya casi ni puedo soñarlos
La muerte es efímero alimento
La vida un suceder continuo de señuelos
Y lo de en medio un híbrido estupefaciente
Voraz, excéntrico, lúbrico y equidistante
Un tironeo loco entre ambas vorágines
Del que me he salido
Tal vez sea cierto entonces eso de que he muerto
Y también posible que no me haya percatado
Ya que todo cuanto me ha sido grato algún día
Viene hacia mí dulcemente
Y camina a mi lado con pisadas tenues
Como la tarde.
Mi PAPÁ.

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